Hace un par de años escribí un cuento con mi hija Rosa titulado El Burrito Feliz: historia de un burro que quería bailar. A simple vista, parece una historia infantil sobre animales que bailan, pero en el fondo, es un relato sobre transformación, liderazgo, aprendizaje y propósito. Y curiosamente, tiene mucho que ver con mi trabajo en excelencia operativa y con los procesos de cambio organizacional que he liderado a lo largo de los años.
La historia sigue a Dony, un burro que vive en un mundo donde solo los unicornios bailan. En ese entorno, los burros cargan, los ponis corren, y el baile es un privilegio reservado para unos pocos. Sin embargo, Dony tiene una pasión: le gusta bailar. Contra todo pronóstico —y contra lo que dicta la cultura dominante de su entorno— decide apuntarse a un concurso de baile donde ningún burro había participado jamás. No quiere ganar, solo quiere bailar y disfrutar.
Cultura dominante vs propósito individual
Esta dicotomía es una constante en los procesos de cambio. Muchas veces, nos encontramos en organizaciones donde la cultura dominante asigna roles fijos e inamovibles, donde «eso siempre se ha hecho así» es una frase habitual. Como Dony, quien decide romper ese patrón, las personas que lideran transformaciones deben enfrentarse a sistemas que no solo dudan de su capacidad, sino que además se resisten activamente al cambio.
Y es aquí donde aparece la figura del “unicornio elegante” —Ulises— quien, desde dentro del sistema, reconoce el valor de una nueva mirada y se convierte en mentor. Lo he vivido en primera persona: cuando alguien cree en ti, cuando te apoya incluso sin garantías de éxito, florece algo poderoso. Ulises no solo entrena a Dony, lo ayuda a sacar su duende—ese talento que se activa cuando conectas con lo que realmente te mueve.
Trabajo en equipo y aprendizaje continuo
Dony no llega solo al concurso. Lo acompaña Toni, otro burro, y Carlo, un poni exigente pero comprometido. Juntos entrenan, evolucionan y aprenden. Lo que al principio es una idea alocada se convierte en un equipo de alto rendimiento.
En entornos industriales, este proceso es muy familiar. Cuando comenzamos una transformación digital o cultural, al principio solo hay dudas y escepticismo. Pero cuando se construye un equipo diverso, cuando se entrena con disciplina y cuando se genera confianza, aparecen los resultados. El camino es exigente, como el entrenamiento de Dony, pero vale la pena.
El valor de disfrutar el camino
Lo más inspirador para mí, como padre, profesional y eterno aprendiz, es el mensaje final: Dony aprende que lo importante no es ganar el concurso, sino atreverse a ser uno mismo, disfrutar del camino y abrir nuevas posibilidades para todos los que vendrán detrás. En definitiva, Dony inspira un cambio sistémico que hará que, en el futuro, otros burros y ponis también puedan bailar.
Este cuento surgió una noche cualquiera, con Rosa pidiéndome que le contara uno «de unicornios». Pero decidí darle una vuelta: los protagonistas no serían los de siempre. Como en las organizaciones que necesitan reinventarse, los verdaderos héroes muchas veces son los invisibles, los que cargan con el peso sin hacer ruido, pero que, con ilusión y coraje, pueden cambiarlo todo.
Escribir El Burrito Feliz fue un proceso creativo y emocional. Lo hice por mi hija, pero también me encontré escribiendo sobre mí mismo, sobre los proyectos que lideré, sobre los equipos que creyeron en lo imposible, y sobre esa fuerza interior que llamamos propósito y que, cuando lo dejamos salir, se convierte en duende.
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