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Un nuevo aviso: el apagón
Ayer, España vivió un apagón de gran magnitud que puso a prueba nuestra resiliencia como sociedad. Este hecho, sumado a tragedias recientes como la inundación de Valencia y la pandemia del Covid-19, nos ofrece una lección fundamental: cada crisis es también una oportunidad irrepetible para aprender, mejorar y actuar.
No basta con lamentar lo ocurrido. Tampoco es suficiente con exhibir orgullo —merecido— por nuestra capacidad de solidaridad y civismo, como ayer demostramos una vez más. Hay que ir un paso más allá: institucionalizar el aprendizaje continuo, de forma metódica y sistemática.
De las palabras a las acciones
En el mundo de la mejora continua, las lecciones aprendidas no deben quedarse en informes o ruedas de prensa. Deberían traducirse en acciones concretas y visibles. Aplicar metodologías como Lean, que buscan reducir desperdicios y optimizar los procesos, sería un gran primer paso. Y no solo a nivel de gobiernos —tan necesitados de eficiencia real— sino también a nivel de ciudadanos.
Protocolos y formación ciudadana
Una propuesta sencilla: establecer protocolos claros, comprensibles y accesibles para todos. Cinco pasos básicos para cada tipo de emergencia. Que todos sepamos, sin dudar, qué hacer y qué no hacer en un apagón, una inundación, o una emergencia sanitaria. Una especie de “manual de bolsillo” de la resiliencia ciudadana. Que no tengan que estar desde la radio repitiéndonos lo que ya deberíamos saber todos.
En Valencia vimos con suma claridad como la ausencia de un plan de comunicación de emergencia realmente implantando elevaba la cifra de muertes a más de 200 personas. Quizá hemos vivido mucho tiempo dando por sentado que todo lo que tenemos y disfrutamos está garantizado para siempre y a lo mejor debemos darnos cuenta de que vivimos en un frágil equilibrio del que no solo los políticos son responsables y nosotros también debemos jugar un papel.
Prepararse no es alarmarse
Recientemente, la UE ha promovido la idea de preparar una “mochila de emergencia”, con agua, alimentos no perecederos, linterna, radio, baterías, botiquín y documentos importantes, como precaución ante apagones, inundaciones o terremotos. Una iniciativa positiva, pero insuficiente si no va acompañada de un entrenamiento mental y comunitario: saber actuar, comunicar y cooperar bajo presión. Usar los medios de comunicación públicos a nivel europeo para explicar todas estas cuestiones de forma didáctica.
Un capítulo real de ciencia ficción
Ayer, personalmente, viví un capítulo de “Black Mirror”: sin electricidad, sin red de comunicación, me sentí aislado del mundo. Solo gracias a una batería solar y una radio despertador pude seguir conectado a través de Radio Nacional. Una experiencia que me hizo reflexionar sobre cuán frágil puede ser nuestra vida hiperconectada.
También quiero compartir una pequeña anécdota que considero significativa: ayer, muchos supermercados grandes estaban cerrados y en casa no teníamos mucho que comer. Acudimos a un pequeño establecimiento regentado por un ciudadano chino. Al llegar al mostrador del pan, vimos que había unas quince barras disponibles. Sin embargo, el cliente que tenía delante de mí las compró todas de golpe, sin pensar en los demás. Me indignó profundamente, especialmente al recordar una historia que escuché sobre Fukushima: un español que vivió aquella tragedia contaba que, en los supermercados japoneses, los clientes hacían fila y solo cogían una botella de agua cada uno, respetando así el derecho de todos a acceder a lo esencial. Esa cultura de solidaridad también debe ser parte de nuestro entrenamiento.
Las amenazas son muchas, pero gestionables
Últimamente se habla mucho de la amenaza de invasión rusa, que se lo digan a mi mujer que es lituana, pero es que en Europa existen otras amenazas claras: el cambio climático, la inestabilidad geopolítica, posibles ciberataques masivos. No se trata de alarmar, sino de prepararnos inteligentemente. Como hacen nuestras empresas con sus análisis de riesgos, pero involucrando a todos los ciudadanos.
Europa, un referente regulador
Europa, que sabe regular como nadie (y lo digo en positivo, sin sumarme a la crítica fácil sobre los tapones de las botellas, que responde a una razón ambiental importante), debe liderar también esta regulación: establecer estándares de preparación ciudadana, definir mecanismos de comunicación de emergencia, y fomentar una cultura de aprendizaje continuo basada en hechos, no solo en palabras. Y por supuesto, dejar las ideologías al margen de todo esto. Hablamos de seguridad.
Invertir en simulacros, no en lamentos
Toda vez que tengamos identificadas esas amenazas principales —por dar un número sencillo, digamos diez— podríamos establecer simulacros a nivel de ciudades o pueblos a lo largo y ancho de Europa. Estos ejercicios permitirían a todos aprender en condiciones reales y tomar acciones más concretas y eficaces. Evidentemente, supondrá un coste. Pero creo que ha quedado perfectamente demostrado que aprender directamente de las desgracias nos está costando mucho más. Esta preparación debería considerarse una inversión que nos hará mucho más maduros como sociedad.
Cada crisis que hemos vivido —la pandemia, las inundaciones, el apagón— debe dejarnos no solo cicatrices, sino también sabiduría aplicada. ¡No desperdiciemos estas oportunidades de mejora!
Hagamos de la adversidad un motor de mejora continua. Por nuestros gobiernos. Por nosotros mismos. Y por las generaciones que vendrán.
Learning from adversity: Blackouts, floods, and the pandemic as drivers of continuous improvement
A New Warning: The Blackout
Yesterday, Spain experienced a major blackout that put our societal resilience to the test. This event, combined with recent tragedies like the flooding in Valencia and the Covid-19 pandemic, delivers a fundamental lesson: every crisis is also a unique opportunity to learn, improve, and act.
It is not enough to lament what happened. Nor is it sufficient to display —deserved— pride in our capacity for solidarity and civic behavior, as we demonstrated once again yesterday. We must go one step further: to institutionalize continuous learning in a methodical and systematic way.
From Words to Actions
In the world of continuous improvement, lessons learned must not be confined to reports or press conferences. They should translate into concrete and visible actions. Applying methodologies like Lean, which aim to reduce waste and optimize processes, would be a great first step. And not only at the level of governments —which are in desperate need of real efficiency— but also at the level of individual citizens.
Protocols and Civic Training
A simple proposal: establish clear, understandable, and accessible emergency protocols for everyone. Five basic steps for each type of emergency. So that we all know, without hesitation, what to do and what not to do during a blackout, a flood, or a health crisis. A kind of “pocket guide” to citizen resilience. We should not need the radio to constantly repeat what we should all already know.
In Valencia, we clearly saw how the lack of a truly implemented emergency communication plan raised the death toll to over 200 people. Perhaps we have lived for too long assuming that everything we have and enjoy is permanently guaranteed. But maybe it’s time we realize that we live in a fragile balance, for which not only politicians are responsible —we all have a role to play.
Preparing Is Not Alarming
Recently, the EU has promoted the idea of assembling an “emergency backpack” containing water, non-perishable food, a flashlight, a radio, batteries, a first-aid kit, and important documents —as a precaution against blackouts, floods, or earthquakes. A positive initiative, but insufficient if not accompanied by mental and community training: knowing how to act, communicate, and cooperate under pressure. Public media at the European level should be used to explain these topics clearly and didactically.
A Real Episode of Science Fiction
Yesterday, I personally lived an episode of Black Mirror: no electricity, no communication network, I felt completely cut off from the world. Only thanks to a solar battery and an old clock radio was I able to stay connected through Radio Nacional. An experience that made me reflect on how fragile our hyperconnected lives truly are.
A Small but Meaningful Anecdote
I’d also like to share a small anecdote I found meaningful: yesterday, many large supermarkets were closed, and we didn’t have much food at home. We went to a small corner shop run by a Chinese owner. At the bread counter, there were about fifteen baguettes left. The customer in front of me bought them all at once —without thinking of anyone else. I was deeply upset, especially as I remembered a story I once heard about Fukushima: a Spaniard who lived through that tragedy recounted how, in Japanese supermarkets, people queued calmly and took only one bottle of water each, respecting everyone’s right to basic supplies. That culture of solidarity should also be part of our civic training.
The Threats Are Many — but Manageable
Much has been said lately about the threat of a Russian invasion —just ask my wife, who is Lithuanian— but Europe faces other clear threats: climate change, geopolitical instability, and potential large-scale cyberattacks. This is not about spreading fear, but about preparing wisely. Just as companies conduct risk analyses, so too should governments —involving all citizens.
Europe, a Regulatory Benchmark
Europe knows how to regulate better than anyone (and I mean that positively, not joining the easy mockery of the bottle cap rules, which are in fact grounded in sound environmental reasoning). Europe must also lead this kind of regulation: setting standards for citizen preparedness, establishing emergency communication mechanisms, and fostering a culture of continuous learning based on facts —not just words. And of course, leaving political ideologies aside. This is about safety.
Invest in Drills — Not Regrets
Once these major threats are identified —let’s say ten, for simplicity— we should organize city- and town-wide drills across Europe. These exercises would allow us all to learn in real conditions and take more concrete, effective action. Obviously, this would entail a cost. But I believe it’s been clearly demonstrated that learning from tragedies directly is costing us far more. This type of preparation should be seen as an investment that will make us a more mature society.
Closing Reflection
Each crisis we’ve endured —the pandemic, the floods, the blackout— should leave us not only scars but applied wisdom. Let’s not waste these opportunities to improve.
Let’s make adversity a driver of continuous improvement. For our governments. For ourselves. And for the generations to come.
Aus Widrigkeiten lernen: Stromausfälle, Überschwemmungen und die Pandemie als Treiber kontinuierlicher Verbesserungen
Eine neue Warnung: Der Stromausfall
Gestern erlebte Spanien einen großflächigen Stromausfall, der unsere gesellschaftliche Resilienz auf die Probe stellte. Dieses Ereignis, zusammen mit den jüngsten Tragödien wie der Überschwemmung in Valencia und der Covid-19-Pandemie, vermittelt eine grundlegende Lektion: Jede Krise ist auch eine einmalige Gelegenheit, zu lernen, sich zu verbessern und zu handeln.
Es reicht nicht aus, das Geschehene zu beklagen. Auch ein —verdienter— Stolz auf unsere Solidarität und unser zivilgesellschaftliches Verhalten, wie wir es gestern erneut gezeigt haben, ist nicht genug. Wir müssen einen Schritt weiter gehen: kontinuierliches Lernen methodisch und systematisch institutionalisieren.
Von Worten zu Taten
In der Welt der kontinuierlichen Verbesserung dürfen Lessons Learned nicht in Berichten oder Pressekonferenzen stecken bleiben. Sie müssen sich in konkrete und sichtbare Maßnahmen umsetzen. Die Anwendung von Methoden wie Lean, die darauf abzielen, Verschwendung zu reduzieren und Prozesse zu optimieren, wäre ein großartiger erster Schritt. Und zwar nicht nur auf Regierungsebene —die dringend echte Effizienz benötigen—, sondern auch auf der Ebene der Bürgerinnen und Bürger.
Protokolle und Bürgerbildung
Ein einfacher Vorschlag: klare, verständliche und zugängliche Notfallprotokolle für alle etablieren. Fünf grundlegende Schritte für jede Art von Notfall. Damit wir alle ohne Zögern wissen, was zu tun und was zu unterlassen ist — bei einem Stromausfall, einer Überschwemmung oder einer Gesundheitskrise. Eine Art „Taschenhandbuch“ für bürgerliche Resilienz. Es sollte nicht nötig sein, dass Radiosender wiederholt erklären müssen, was jeder längst wissen sollte.
In Valencia haben wir sehr deutlich gesehen, wie das Fehlen eines wirklich implementierten Notfallkommunikationsplans die Zahl der Todesopfer auf über 200 ansteigen ließ. Vielleicht haben wir zu lange angenommen, dass alles, was wir besitzen und genießen, für immer garantiert sei. Doch wir müssen uns bewusst machen, dass wir in einem fragilen Gleichgewicht leben, für das nicht nur Politiker verantwortlich sind — wir alle tragen Verantwortung.
Vorbereitung ist keine Panikmache
Kürzlich hat die EU die Idee einer „Notfallrucksacks“ gefördert, der Wasser, haltbare Lebensmittel, Taschenlampe, Radio, Batterien, Erste-Hilfe-Set und wichtige Dokumente enthalten soll — als Vorsichtsmaßnahme bei Stromausfällen, Überschwemmungen oder Erdbeben. Eine positive Initiative, die jedoch unzureichend bleibt, wenn sie nicht von mentalem und gemeinschaftlichem Training begleitet wird: Wissen, wie man handelt, kommuniziert und unter Druck kooperiert. Öffentliche europäische Medien sollten genutzt werden, um diese Themen auf eine klare und didaktische Weise zu vermitteln.
Eine reale Episode aus der Science-Fiction
Gestern habe ich persönlich eine Episode von Black Mirror erlebt: Ohne Strom, ohne Kommunikationsnetz fühlte ich mich von der Welt abgeschnitten. Nur dank einer Solarbatterie und eines alten Radioweckers konnte ich über Radio Nacional verbunden bleiben. Eine Erfahrung, die mir vor Augen führte, wie zerbrechlich unser hypervernetztes Leben ist.
Eine kleine, aber bedeutungsvolle Anekdote
Ich möchte auch eine kleine, aber bedeutungsvolle Anekdote teilen: Gestern waren viele große Supermärkte geschlossen, und zu Hause hatten wir kaum Lebensmittel. Wir gingen zu einem kleinen Laden, betrieben von einem chinesischen Inhaber. Am Brottresen lagen etwa fünfzehn Baguettes. Der Kunde vor mir kaufte alle auf einmal — ohne an andere zu denken. Ich war tief betroffen, insbesondere als ich mich an eine Geschichte über Fukushima erinnerte: Ein Spanier, der diese Tragödie erlebte, berichtete, dass Kunden in japanischen Supermärkten ruhig in der Schlange standen und jeweils nur eine Flasche Wasser nahmen, um die Versorgung für alle zu gewährleisten. Diese Kultur der Solidarität sollte auch Teil unseres Trainings sein.
Die Bedrohungen sind zahlreich — aber bewältigbar
In letzter Zeit ist oft von einer möglichen russischen Invasion die Rede — fragen Sie meine Frau, die Litauerin ist —, doch es gibt weitere klare Bedrohungen: Klimawandel, geopolitische Instabilität, potenzielle großangelegte Cyberangriffe. Es geht nicht darum, Panik zu verbreiten, sondern sich klug vorzubereiten. So wie Unternehmen Risikobewertungen durchführen, sollten auch Regierungen handeln — und alle Bürger einbeziehen.
Europa als regulatorisches Vorbild
Europa weiß wie kein anderer zu regulieren (und ich meine das positiv, ohne mich der einfachen Kritik an den Flaschenverschlüssen anzuschließen, die auf einem wichtigen Umweltgrund beruhen). Europa muss auch hier die Führung übernehmen: Standards für die bürgerliche Vorbereitung setzen, Mechanismen für die Notfallkommunikation etablieren und eine Kultur des kontinuierlichen Lernens auf Basis von Fakten — nicht nur von Worten — fördern. Und selbstverständlich: Ideologien bei all dem außen vor lassen. Es geht um Sicherheit.
In Übungen investieren — nicht in Reue
Sobald die Hauptbedrohungen identifiziert sind —sagen wir zehn, um eine einfache Zahl zu nennen—, könnten wir stadt- und gemeindeweite Notfallübungen in ganz Europa organisieren. Diese Übungen würden es allen ermöglichen, unter realen Bedingungen zu lernen und konkretere, effektivere Maßnahmen zu ergreifen. Natürlich wäre dies mit Kosten verbunden. Aber es ist klar geworden, dass das Lernen aus Katastrophen direkt uns bisher weitaus mehr kostet. Diese Vorbereitung sollte als Investition betrachtet werden, die uns als Gesellschaft viel reifer machen wird.
Schlussgedanke
Jede Krise, die wir erlebt haben —die Pandemie, die Überschwemmungen, der Stromausfall— sollte uns nicht nur Narben, sondern angewandte Weisheit hinterlassen. Verschwenden wir diese Gelegenheiten zur Verbesserung nicht!
Machen wir die Widrigkeiten zu einem Motor kontinuierlicher Verbesserung. Für unsere Regierungen. Für uns selbst. Und für die kommenden Generationen.