Hace tiempo que no escribo, y lo lamento. Pero esta vez tengo una buena razón: algunos asuntos familiares me han tenido completamente volcado. A principios de mayo, operaron a mi madre de la cadera. Y, como si la vida tuviera un extraño sentido del humor, ese mismo día a mi padre le dio un infarto.
De la noche a la mañana, mi hermana y yo nos vimos frente a una situación compleja, exigente y profundamente emocional. Mi padre logró superar el infarto, pero su salud se ha resentido por una hernia de hiato que le impide alimentarse con normalidad. Ha perdido muchísimo peso. No puede operarse aún, porque su estado físico y la reciente intervención cardíaca lo desaconsejan. Por su parte, la operación de cadera de mi madre no resultó exitosa y ha tenido que volver a pasar por quirófano.
Así que no, este no ha sido el verano que uno desea como “vacaciones”. Podría maldecir la situación, lamentar nuestra suerte, o dedicar estas líneas a descargar tristeza. Pero no. Esta historia no va de pena. Va de otra cosa. Va de luz.
Porque, a pesar de todo, este ha sido uno de los mejores veranos que recuerdo.
¿Por qué?
Porque ha sido un verano que me ha enseñado muchas cosas. Sobre mis padres, sobre mi hermana, sobre mí. Porque me he enfrentado a noches incómodas en sillones de hospital, a esperas eternas en urgencias, a momentos de incertidumbre absoluta… y he salido de todo eso con una profunda sensación de orgullo. Orgullo por el cariño con el que lo he hecho. Por haber estado ahí, de verdad.
He cogido en brazos a mi padre casi desnudo para meterlo en la cama del hospital, cuando su mente se perdía por la demencia y el agotamiento. Lo he afeitado cuando quería verse mejor. Le he repetido las mismas explicaciones una y otra vez. Y lo más sorprendente es que lo he hecho con más ternura de la que nunca habría imaginado tener.
Y no he estado solo. Mi hermana ha sido un pilar cada día, ella es la auténtica heroína que hace la mayoría de las cosas, incansable y con un liderazgo que ya quisieran tener muchos directivos con los que he trabajado. Pero también otros familiares, mi mujer que es médico y desde la distancia ha estado siempre de soporte para cualquier consulta, mis tías y tíos y primos ofreciendo sus coches para que pudiéramos gestionarlo todo con la mayor comodidad, preparándonos comida, o incluso sustituyéndonos en el hospital cuando ya no podíamos más. Han estado ahí sin pedir nada, dándolo todo. Muy orgulloso también de ellos.
No es una hazaña épica. No hay medallas. Pero siento que ha sido como alcanzar un hito personal. Como un atleta que se supera, pero no solo por llegar a la meta… sino por cómo lo ha hecho.
La otra cara del viaje
Este verano no me ha llevado a ningún destino exótico. Pero sí me ha llevado lejos. He viajado al pasado.
Durante días, he revivido escenas de hace 35 años. Volver a casa de mis padres, estar con mi hermana, hacer cosas cotidianas… como cuando era un niño. Sin planearlo, nos hemos reencontrado los cuatro —mis padres, mi hermana y yo— en pequeños momentos de alegría, de complicidad, de risas. Hemos vuelto a soñar juntos. Hemos estado juntos de verdad, mucho más que si nos hubiéramos ido los cuatro de crucero.
Y eso, para mí, ha sido un regalo. El mejor que uno puede recibir.
No es Lean, pero sí es vida
Ya sé que este no es un artículo sobre Lean, ni sobre innovación, ni sobre inteligencia artificial. Pero sí es algo que, como tantas cosas que cuento, me ha enseñado. Me ha enseñado sobre mí. Sobre la suerte que tengo. Y sobre cómo, incluso sin estar trabajando en lo que aspiro, este impasse en mi carrera me ha permitido estar donde tenía que estar. Con entereza. Con humildad. Con devoción.
Este verano está siendo muy duro, pero también muy hermoso.
¡Un abrazo enorme a toda mi familia!