LA TRILOGÍA DEL RESPONSABLE AUSENTE Capítulo 1: La Promesa

Cómo una solución solar con mantenimiento durante 25 años terminó enseñándome qué ocurre cuando desaparece quien debía responder


Antes de empezar: esta historia tiene tres capítulos

Esta no es únicamente la historia de una batería averiada.

Es una historia en tres partes, con tres empresas diferentes y un mismo cliente intentando averiguar quién se responsabiliza del resultado final.

El primer capítulo trata sobre SolarProfit y la promesa inicial.

El segundo estará dedicado a SAJ y a una garantía que terminó pareciéndose demasiado a una segunda oportunidad de venta.

El tercero tendrá como protagonista a HomeServe, la empresa de mantenimiento que debía evitar que el cliente quedara atrapado entre todos los anteriores.

Cada capítulo presenta una forma diferente de responsabilidad ausente:

  • una promesa de continuidad que dejó de poder sostenerse;
  • una garantía que respondía, pero no ofrecía la solución que el cliente necesitaba;
  • y un servicio de mantenimiento con mucha actividad, pero sin un propietario claro del resultado.

Por eso recomiendo leer la trilogía completa.

Porque si este primer capítulo parece una historia sobre el colapso de una empresa, el siguiente mostrará qué ocurre cuando el integrador desaparece y el consumidor queda solo frente al fabricante.

Y cuando parezca que el fabricante explica todo el problema, aparecerá el mantenedor.

La parte más importante de una instalación solar no son los paneles.
Es saber quién responderá cuando algo falle.

Curiosamente, esa cuestión ocupa bastante menos espacio en la documentación comercial que las simulaciones de ahorro.


La pregunta que no hice

Cuando decidí instalar paneles solares me planteé las preguntas habituales:

  • ¿Cuánta energía producirán?
  • ¿Cuánto ahorraré?
  • ¿Qué potencia necesito?
  • ¿Cuándo recuperaré la inversión?
  • ¿Qué subvenciones puedo solicitar?
  • ¿Qué garantías tienen los equipos?

Todas parecían preguntas razonables.

Hoy añadiría una más, probablemente por encima de todas las anteriores:

¿Qué ocurrirá si la empresa que me promete mantener la instalación durante 25 años deja de estar en condiciones de hacerlo mucho antes?

No la hice.

Nadie me animó a hacerla.

Y, con el tiempo, resultó ser la más importante.


Una promesa difícil de rechazar

La propuesta de SolarProfit parecía impecable.

No me vendía solamente paneles.

Me ofrecía una solución integral:

  • diseño;
  • ingeniería;
  • instalación;
  • legalización;
  • tramitación de subvenciones;
  • monitorización;
  • mantenimiento;
  • y rendimiento garantizado.

Un único interlocutor para encargarse del conjunto.

Era exactamente lo que un consumidor espera cuando contrata a una empresa especializada: pagar para que profesionales resuelvan aquello que él no debería tener que aprender ni coordinar.

La documentación hablaba expresamente de una producción energética garantizada de 4.000 kWh al año.

El mantenimiento se contrataba durante 25 años.

La empresa debía monitorizar la instalación, gestionar alertas, ejecutar actuaciones correctivas y sostener el rendimiento comprometido.

Todo parecía previsto.

Salvo, aparentemente, qué sucedería si la empresa encargada de garantizar el futuro dejaba de tener suficiente futuro para hacerlo.


No compré paneles: compré una cadena de confianza

Entre la instalación inicial, la ampliación posterior y la incorporación de la batería, la inversión se acercó a los 18.000 euros.

No fue una compra improvisada.

Firmé contratos, contraté mantenimiento y autoricé a SolarProfit para gestionar el proyecto ante administraciones, distribuidoras y otros actores técnicos.

Estaba pagando precisamente para no tener que convertirme en instalador, tramitador, gestor de subvenciones y coordinador de incidencias.

Una instalación fotovoltaica no es solo una suma de paneles, inversores, baterías y cables.

Es una cadena de relaciones:

  • el integrador;
  • el fabricante;
  • el instalador;
  • el mantenedor;
  • la plataforma de monitorización;
  • la distribuidora;
  • la Administración;
  • las garantías;
  • y los servicios de soporte.

Mientras todo funciona, esa cadena es invisible.

Cuando algo falla, cada eslabón empieza a explicar con extraordinaria precisión dónde termina su responsabilidad.


La historia comenzó con confianza

La instalación se ejecutó, se legalizó y empezó funcionando correctamente.

La experiencia inicial fue suficientemente buena como para que, meses después, decidiera ampliar el sistema e incorporar una batería.

Los paneles producían.

La aplicación mostraba información.

La instalación cumplía su función.

Esta historia no comenzó con desconfianza.

Comenzó exactamente al contrario.

Y precisamente por eso lo que vino después resulta más relevante.


Entonces SolarProfit empezó a desmoronarse

La empresa que me había prometido acompañar la instalación durante 25 años empezó a desmoronarse en apenas unos pocos.

SolarProfit entró en una profunda crisis de liquidez, redujo drásticamente su estructura y se vio inmersa en procesos de reestructuración financiera.

No pretendo analizar aquí las causas internas de aquella crisis.

Para mí, como cliente, tuvo una traducción mucho más sencilla:

la organización que había vendido una solución integral dejó de estar disponible para completar con normalidad los servicios que había asumido.

Los equipos seguían instalados.

Los contratos seguían existiendo.

Las promesas seguían escritas.

Lo que desaparecía era la capacidad efectiva de cumplirlas.


HomeServe entra en escena

En medio de aquella crisis, SolarProfit comunicó a sus clientes que había alcanzado un acuerdo para trasladar el servicio de mantenimiento a HomeServe.

Se me ofreció la posibilidad de contratar con esa compañía y acepté.

Me pareció una solución razonable.

SolarProfit podía estar perdiendo la capacidad de prestar el servicio, pero al menos existía una empresa que asumía la continuidad del mantenimiento y que debía convertirse en el nuevo interlocutor técnico cuando surgiera una incidencia.

HomeServe entró así en la historia como una solución.

Primero aparecería en un papel secundario, prestando el mantenimiento y realizando intervenciones sobre la instalación.

Más adelante instalaría la batería de sustitución.

Y finalmente se convertiría en el protagonista del tercer capítulo.

Pero antes de llegar hasta allí, quedaba pendiente otro servicio que SolarProfit había cobrado y no había terminado.


La subvención que había pagado para que gestionaran

SolarProfit había asumido la tramitación de la ayuda pública asociada a mi instalación.

No se trataba de una ayuda informal ni de un favor comercial.

La empresa figuraba oficialmente como representante en el procedimiento y esa gestión formaba parte de los servicios asociados al proyecto.

Sin embargo, la documentación inicialmente presentada no permitió completar correctamente el expediente.

Llegaron requerimientos.

Fue necesario subsanar información.

Había que aportar nuevos documentos y continuar un procedimiento administrativo especialmente complejo.

Para entonces, SolarProfit ya apenas respondía.

La crisis de la empresa dejó de ser una noticia corporativa.

Había llegado directamente a mi expediente.

La gestión quedó sin terminar.


La aparición de una cuarta empresa que nadie quería ser

Mi primera opción no fue asumir personalmente la tramitación.

Intenté encontrar otra empresa que retomara el expediente y actuara como representante autorizado ante la Administración.

Sobre el papel parecía lógico:

si SolarProfit ya no podía completar el trabajo, otra empresa especializada podría hacerse cargo.

En la práctica, el interés fue escaso.

Había que revisar un procedimiento iniciado por un tercero, detectar qué se había presentado mal, reconstruir documentación y asumir responsabilidad sobre un trabajo probablemente poco atractivo desde el punto de vista económico.

Incorporar una cuarta empresa significaba volver a pagar por una tarea ya abonada y confiar nuevamente en un servicio cuyo resultado tampoco podía garantizar.

La cadena ya tenía suficientes eslabones.

Añadir otro no parecía la mejor manera de simplificarla.


Tuve que empezar de nuevo

Mi condición de ingeniero me permitía figurar formalmente como representante técnico autorizado.

Nada más.

No significaba que conociera automáticamente el procedimiento ni que la tramitación fuera sencilla.

Significaba que podía asumir legalmente ese papel sin depender de encontrar y contratar a una cuarta empresa.

Fue lo que acabé haciendo.

Y no pude limitarme a continuar desde el punto donde SolarProfit lo había dejado.

El poco trabajo avanzado no resultó útil para completar correctamente el procedimiento.

Tuve que revisar el expediente, comprender los requerimientos, rehacer documentación y abordar la gestión prácticamente desde el principio.

En otras palabras:

había pagado a una empresa especializada para que gestionara la subvención y terminé realizando personalmente el trabajo que aquella empresa había dejado incompleto.

Aunque este proceso no fue tampoco nada fácil, en este artículo https://www.fromleantosmart.com/mi-experiencia-con-la-administracion-digital-bajo-mi-prisma-lean/ ya hablé en su día sobre lo mucho que me costó formalizar este trámite.

Por suerte y mucho esfuerzo, la ayuda fue finalmente aceptada y concedida.


La pregunta incómoda

Yo pude asumir esa función porque tenía la posibilidad formal de actuar como representante autorizado.

Pero la pregunta importante no es qué hice yo.

Es qué habría ocurrido con otro cliente que no pudiera asumir ese papel, que no encontrara una empresa interesada o que no estuviera dispuesto a pagar dos veces por el mismo servicio.

Probablemente habría seguido esperando.

O habría perdido la subvención.

Y ahí apareció la primera gran lección de esta historia:

Contratar un servicio no garantiza que alguien vaya a terminarlo cuando la organización que lo vendió deja de estar disponible.

El contrato puede seguir existiendo.

El expediente puede seguir abierto.

La obligación puede seguir escrita.

Pero el consumidor puede acabar completamente solo frente al trabajo pendiente.


Una promesa de 25 años necesita una empresa capaz de responder durante 25 años

SolarProfit me había vendido continuidad.

Un sistema supervisado.

Un rendimiento garantizado.

Un mantenimiento durante 25 años.

Una empresa que se encargaría de los trámites y de las incidencias para que yo no tuviera que hacerlo.

La realidad fue que, pocos años después, tuve que asumir personalmente una gestión administrativa que había pagado para delegar.

Aquella fue la primera grieta visible.

La primera vez que una responsabilidad del proveedor terminó sobre la mesa del cliente.

Y, visto con perspectiva, fue también un anticipo bastante preciso de todo lo que vendría después.


Las preguntas que haría hoy antes de contratar

Esta historia no tendría demasiado valor si únicamente sirviera para contar mi frustración.

Por eso, hoy haría cuatro preguntas antes de firmar una instalación fotovoltaica:

¿Quién responde por el resultado completo?

No quién fabrica cada pieza, sino quién coordina la resolución cuando intervienen varias empresas.

¿Qué ocurre si desaparece el integrador?

No basta con que cada equipo tenga su propia garantía. Hay que saber quién la tramitará y quién coordinará a los distintos proveedores.

¿Quién conserva los datos, accesos y documentación técnica?

La legalización, las configuraciones, las credenciales y el historial pueden ser tan importantes como los propios equipos.

¿Qué tareas administrativas están realmente cerradas y acreditadas?

Una subvención “en gestión” no es una subvención resuelta. Una promesa de tramitación debe terminar con un expediente correctamente presentado, subsanado y cerrado.

La tecnología importa.

Pero la arquitectura de responsabilidad importa todavía más.


La avería que iba a poner a prueba todo lo anterior

Durante un tiempo, pese a la desaparición práctica de SolarProfit como interlocutor, la instalación continuó funcionando.

Los paneles producían.

Los inversores trabajaban.

La batería almacenaba energía.

Hasta que, en junio de 2025, dejó de hacerlo.

En aquel momento pensé que tenía una batería averiada.

Un equipo en garantía.

Un problema técnico que debía seguir un procedimiento razonablemente claro.

Todavía no sabía que estaba a punto de comenzar una larga negociación para obtener una solución nueva, equivalente y sin coste adicional.

Tampoco sabía que el fabricante reconocería conocer un problema específico del modelo, que la solución estándar sería una unidad reacondicionada y que la alternativa nueva implicaría volver a pagar por equipos de la misma marca.

La batería había fallado.

Pero el verdadero problema era que la empresa que había vendido y coordinado todo el ecosistema ya no estaba allí para hacerse cargo.

Y entonces apareció el segundo protagonista de esta historia:

el fabricante.


Continuará: Capítulo 2, El Fabricante

En el segundo capítulo contaré qué ocurrió cuando intenté ejercer la garantía de la batería con SAJ.

La unidad reacondicionada.

La alternativa nueva con coste adicional.

La necesidad de sustituir inversores que funcionaban.

Y una lección especialmente incómoda:

El equipo fallaba, pero la oportunidad comercial funcionaba perfectamente.