O lo que aprendí cuando un jefe me enseñó a apuntar a lo imposible
Hay frases que te sacuden en el momento en que las escuchas. Y otras que se te quedan dentro, como en pausa… hasta que un día —a veces años después— vuelven con fuerza y sentido. No para impresionar, sino para marcar un antes y un después.
Una de esas frases me la dijo quien en su día fue mi jefe. Alguien práctico, directo, sin artificios. Con una capacidad admirable para alinear equipos con un propósito claro. Fue también la primera persona de la que oí hablar de Lean Manufacturing no como teoría, sino como forma de vida. Una forma de pensar, de liderar, de comprometerse.
Una frase que rompió el molde
Todo empezó en un acto interempresarial de reconocimiento a la excelencia operativa. Tras una exposición impecable sobre los objetivos SMART —específicos, medibles, alcanzables, relevantes y con un plazo definido—, la sala asentía. Era teoría conocida. Incuestionable, casi institucionalizada.
Hasta que habló él.
“Eso de que los objetivos deben ser SMART… yo no lo veo así. Si realmente quieres resultados extraordinarios, los objetivos tienen que ser imposibles.”
No era una provocación. Era una verdad vivida. Un manifiesto de liderazgo que no necesita PowerPoint. Dicha con la serenidad del que ha estado en el barro y sabe lo que cuesta cambiar mentalidades y resultados de verdad.
Cuando lo imposible deja de ser un capricho
Con los años, entendí que esa frase no solo cuestionaba un acrónimo. De alguna forma albergaba una mentalidad diferente: la del Moonshot Thinking.
Porque cuando el objetivo es imposible, exige pensar diferente. Obliga a romper patrones, a salir de lo cómodo, a explorar caminos que no están en el manual. Cuando el reto no cabe en una hoja de Excel, se activa el ingenio, el coraje, la reinvención.
Y eso, precisamente eso, es lo que transforma de verdad.
El día en que lo entendí de verdad
Mucho después, ya en otra empresa, me tocó liderar un despliegue estratégico tipo Hoshin Kanri. Cada unidad debía definir sus objetivos de mejora.
Todo estaba correctamente estructurado. Todo encajaba en la metodología.
Y sin embargo, todo me resultaba… decepcionante.
Los objetivos eran perfectos en forma, pero absolutamente intrascendentes en fondo. Nada que no estuviera ya en marcha. Nada que incomodara. Nada que desafiara el statu quo. Solo una elegante forma de justificar la foto final del año sin correr riesgos.
Fue entonces cuando volví a escuchar su voz. Y entendí su rabia. Esa rabia que solo aparece cuando algo te importa de verdad.
Cuando planificar es lo contrario de innovar
Lo que debía ser ambición, se había convertido en gestión.
Lo que debía empujar, simplemente validaba.
Y ahí comprendí que lo que mi jefe decía años atrás no era solo un matiz sobre cómo fijar objetivos. Era una llamada a abandonar la planificación como defensa para convertirla en una herramienta de transformación.
Lo que aún no sabes hacer, es justo lo que necesitas intentar
El verdadero valor añadido está no en lo que ya sabes hacer, sino en eso que aún no sabes cómo lograr.
Porque es ahí donde se activa la creatividad, se moviliza el talento, se cuestiona lo que parecía inamovible. Es ahí donde aparece el aprendizaje real.
Y eso no se consigue con objetivos razonables. Se consigue con objetivos que den vértigo.
Con todo esto no pretendo decir que lo que decía Doran esté equivocado, ni tampoco creo que mi jefe pensase eso. Yo creo que son cosas que se pueden complementar perfectamente y añadir mucho valor en armonía. Lo que si creo que puede pasar muchas veces, es que muchos se escuden detrás del formalismo SMART para justificar que el planteamiento estratégico es correcto, pero realmente se quedan en una superficialidad muy poco retadora.
Del Lean al Moonshot: una lección compartida
Moonshot thinking es el nombre que años después escuché en otro contexto para definir esa misma mentalidad. Popularizado por el equipo de Google X e inspirado en el discurso de Kennedy cuando anunció que pondrían a un hombre en la Luna antes de acabar la década.
No porque fuera fácil, sino precisamente porque era difícil.
No porque se supiera cómo hacerlo, sino porque obligaba a descubrir el cómo.
Ese es el poder de lo imposible: no te permite repetir lo que ya sabes. Te obliga a reinventarlo todo.
Así que, por favor…
No me des lo que ya haces.
Dame lo que aún no sabes cómo lograr.
Porque ahí, y solo ahí, empieza la verdadera mejora continua.
La que transforma.
La que deja huella.
La que lidera.